PALABRAS DEL SEÑOR GOBERNADOR DE NORTE DE SANTANDER LUIS MIGUEL MORELLI NAVIA DURANTE LA CEREMONIA DE DESMOVILIZACIÓN DEL BLOQUE CATATUMBO DE LAS AUTODEFENSAS.
Tibú, Norte de Santander
Diciembre 10 de 2004

Sin duda los asistentes a esta ceremonia estamos presenciando un momento histórico. La mayor entrega de armas y desmovilización de combatientes de todos los procesos de paz hasta ahora en Colombia. El aporte de este hecho para la reconciliación no puede ser ignorado, ni por los nortesantandereanos, ni por los colombianos, ni por el mundo entero. La esperanza de paz que hoy se siembra con este gesto, se esparce como las olas en un lago hasta tocar rincones lejanos del convulsionado mundo en el que vivimos.

Y no es una coincidencia el que suceda aquí, en el Catatumbo, posiblemente la región más rica y también más olvidada de Colombia. Esta tierra, como todo Norte de Santander, es hoy un símbolo de los retos que el país entero debe superar, como la violencia, la coca, el desplazamiento, la pobreza extrema, el tráfico de precursores químicos, el contrabando de gasolina, las masas de desempleados en centros urbanos como Cúcuta y en las zonas rurales del departamento, la falta de infraestructura, la deforestación indiscriminada. Pero también es un símbolo de las enormes oportunidades, del petróleo, el carbón, la palma africana, el cacao, los bosques más ricos en biodiversidad del planeta, la sabiduría ancestral de nuestras comunidades indígenas en su uso sostenible de los recursos y en el uso de esa diversidad biológica para el ser humano. Cuando el Catatumbo, como Colombia, aprenda a aprovechar sus enormes recursos en forma responsable para bien de la humanidad, dejaremos de ser un tesoro olvidado y nos convertiremos en ejemplo de desarrollo, bienestar y prosperidad para todo el mundo en desarrollo.

Por eso los nortesantandereanos interpretamos esta histórica desmovilización como una señal. Es un llamado a despertar, una oportunidad de arreglar las cargas de la historia, que no podemos dejar pasar. Todos sabemos que no basta dejar las armas y tener voluntad de paz, si no se construyen caminos de progreso y prosperidad que nos alejen para siempre de la guerra. El Presidente Uribe ha entendido este reto, y además de honrarnos trasladando su sede de gobierno a Cúcuta a comienzos de su gobierno, nos ha apoyado con obras de infraestructura fundamentales para el desarrollo de esta tierra, como son las contenidas en el Plan 2500 que contempla la construcción de 154 kilómetros de carreteras en Norte de Santander y las demás incluidas en el documento Conpes 3291. Por ello estamos muy agradecidos.

No obstante, el reto que enfrentamos es de enormes dimensiones y requiere un esfuerzo mayor, particularmente por parte de aquellos países que entienden su corresponsabilidad frente al problema de la droga, el gran motor de la violencia y la descomposición social que vive esta región. Por eso quiero aprovechar este momento histórico, la desmovilización de 1.360 combatientes del Bloque Catatumbo de las Autodefensas, incluidos los miembros del estado mayor Salvatore Mancuso y Ernesto Báez, para hacer un llamado al país y a la comunidad internacional: así como la Primera Fase del Plan Colombia tuvo su eje en el Putumayo, y los resultados saltan a la vista con la dramática reducción de cultivos ilícitos y 56 millones de dólares en inversión social y de infraestructura en ese departamento, queremos que la Segunda Fase del Plan Colombia se implemente aquí, en el Catatumbo, el otro gran foco de violencia y cultivos de coca que hoy tiene el país.

Este es por lo tanto un llamado al Señor Presidente, a su Canciller Barco, cuya familia es de esta tierra, al Señor Embajador en Washington Luis Alberto Moreno, al Embajador de los Estados Unidos William Wood y a los embajadores de la Unión Europea y demás países del mundo concientes de su responsabilidad frente al problema global de la droga y sus consecuencias sobre nuestra patria, para que pongan ahora sus ojos en el Catatumbo. Nuestro aporte, como el de los 1.360 colombianos que hoy dejan las armas, es el de sumar nuestras manos, nuestro sudor y el enorme talento y creatividad de nuestra gente para hacer de este sueño una realidad. Proponemos una Segunda Fase del Plan Colombia, con eje en el Catatumbo, incorporando las lecciones aprendidas en el Putumayo, es decir con un mayor énfasis en el corazón grande, sin por ello descuidar la mano firme. Necesitamos más pie de fuerza, pero mucha más infraestructura. Requerimos mayor lucha contra los cultivos ilícitos, pero mucho más desarrollo alternativo y familias guardabosques. Queremos tecnología que permita garantizar la seguridad de nuestra gente y de nuestros recursos, pero queremos muchísima inversión pública y privada para echar a andar esta región que tiene todo el potencial para convertirse en el motor de desarrollo de Colombia entera.

Nuestra ubicación geográfica es envidiable, estamos frente a la frontera binacional más dinámica de Suramérica, a pocas horas por tierra del puerto de Maracaibo. En Cúcuta tenemos mano de obra, talento, creatividad y ganas de progreso como en ninguna otra gran ciudad del país. Las exportaciones colombianas hacia Venezuela están en pleno auge, al mismo tiempo que se empiezan a ver alentadores signos de recuperación económica en la región. Es decir, a diferencia de las selvas del sur de Colombia donde el acceso a puertos y la construcción de carreteras son problemas de enorme complejidad, el Catatumbo ofrece ventajas que facilitarían enormemente la labor de derrotar las fuerzas del caos y construir el progreso y la paz definitivos.

Para nadie es un secreto que la única forma de evitar que otros grupos armados ocupen el espacio dejado hoy por estos combatientes que se desmovilizan, es con progreso, con presencia de Estado. Ese es el reto existente, y esta es nuestra propuesta. Una Segunda Fase del Plan Colombia, con eje en el Catatumbo, con aportes internacionales y participación del sector privado nacional e internacional.

Colombia y el mundo tienen una deuda pendiente con el Catatumbo. Las armas que asesinaron a tantos hombres y mujeres de esta tierra, no fueron fabricadas aquí. Los dólares que financian el narcotráfico, que alimenta esta violencia, no se producen ni se lavan aquí. Los precursores químicos que hoy envenenan nuestras montañas y bosques tampoco se fabrican aquí. El gran pecado del Catatumbo, es el de ser una región inmensamente rica pero siempre invisible a los ojos de quienes administraron desde un lejano escritorio, la presencia estatal. Llegó la hora de pagar esa deuda pendiente. Asumamos el reto y transformemos al Catatumbo todos juntos en una verdadera tierra de paz.

 

Muchas gracias.

 

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